Edición 46
Beatles, Dylan, Beatles y otra vez Dylan. A veces las discu- siones más acaloradas de grandes genios son realmen- te un regalo de espontanei- dad. Es hasta cómico leerlo para quienes creemos que este par de maestros, pro- vienen simplemente de una raza distinta o que nacieron sobre patines intelectuales. Dylan fue el favorito y predi- lecto de Steve Jobs siempre y no dejó nunca que Stephen Wozniak (Woz), su amigo, socio y cofundador en Apple Computers osara sugerir lo contrario, pese a que este último sencillamente sus- pendía sus ideas por un par de minutos, sólo para aten- der a la letra que escuchaba en el disco que sonaba en la habitación contigua al gara- ge de la familia de los Jobs. Dylan encontró la forma de explicar cómo paradójica- mente el cambio puede ser agente de estabilidad y Steve dijo en innumerables ocasio- nes sentirse atraído a los cam- bios más revolucionarios. De cambios está compuesta esta historia sin duda. Sobre todo aquella que posa sobre los hombros de Jobs la secuen- cia más prolífera de todos los tiempos de lanzamientos tec- nológicos que revoluciona- ron no sólo la industria, sino el comportamiento, el carácter y la visión de una generación completa, que interpretó la evolución y los lanzamien- tos de equipos electrónicos como parte de una carrera que no se detuvo, ni pretende hacerlo, hasta nuestros días. Apple I, el primer compu- tador de la historia lucía así y era una placa base regu- lar para los que no ahondan. La diferencia estuvo en la prolijidad de su ejecución, la acuciosa incursión en de- talles de composición y por supuesto, el diseño, sello ina- pelable del americano na- cido en San Francisco. En cosa de meses reprodujeron las piezas, perfeccionaron el modelo y consiguieron la presentación final, listo para la venta y el uso personal. Apple I
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